jueves, 16 de marzo de 2017

El envoltorio de la comida basura contiene tóxicos perjudiciales en animales, ¿y en humanos?

Un reciente estudio encuentra restos de compuestos químicos en el 33% de los envases analizados en EE UU. Observamos qué ocurre en Europa y su potencial riesgo para la salud

Afirmar que las hamburguesas, las patatas fritas, las pizzas, la bollería industrial y las bebidas azucaradas del menú prototípico de la comida basura son perjudiciales ya no sorprende a casi nadie. Es sabido que el abuso de estos alimentos, ricos en grasas saturadas, harinas refinadas, azúcares simples y sal, lleva aparejado un elevado riesgo de padecer obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares o cáncer. Sin embargo, el listado de peligros para la salud no se detiene en el propio contenido de la fast food. Un estudio estadounidense, publicado en febrero en la revista Environmental Science & Technology Letters añade un nuevo elemento que le hará replantearse continuar consumiéndola: el envoltorio contiene elementos tóxicos que podrían poner en juego su salud.
Tras analizar 400 ejemplares de envases de papel y cartón de casi una treintena de cadenas de comida rápida de Estados Unidos, y gracias a la aplicación de un técnica de análisis rápido para determinar la presencia de flúor en materiales sólidos (la fluorescencia de rayos gamma) con resultados muy precisos, los investigadores detectaron en el 33% de las muestras estudiadas unos compuestos químicos llamados perfluoroalquilos y polifluoroalquilos (PFAS), relacionados con la fluorina (un radical formado por un átomo de flúor unido a un compuesto orgánico).

Qué son los PFAS

“La forma más abundante del flúor es en forma de sal y está presente en el agua de mar. No es un compuesto esencial para la vida pero estamos expuestos a él, especialmente cuando salamos los alimentos y cuando nos lavamos los dientes. En tecnología de materiales, los PFAS se emplean para proporcionar resistencia a grasas y a agua, como en algunos papeles para uso alimentario”, explica Rafael Gavara, especialista en polímeros en el laboratorio de envases del Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos (IATA-CSIC) de Valencia.
Estos tóxicos, que los autores del estudio han hallado en el 46% de los envoltorios de hamburguesas, bocadillos y bollería, en el 20% de las cajas de las patatas fritas y pizzas y en el 16% de los envases de las bebidas, no son exclusivos de la industria alimentaria. También se utilizan en agentes de limpieza, pinturas, barnices, ceras para suelos, alfombras, muebles y líquidos de extinción de incendios, y forman parte de muchos materiales sintéticos como el teflón. Esa versatilidad es posible gracias a su resistencia al agua y al aceite, y por su alta estabilidad térmica y química. “Esto explica su ubicuidad en el medio ambiente y los seres vivos, ya que son persistentes y bioacumulativos [se acumulan en los tejidos y vísceras de animales y humanos]”, señala Miguel Ángel Lurueña, doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos.

Potencial carcinogénico en animales

Sin embargo, los PFAS han sido cuestionados en investigaciones recientes y han despertado preocupación tras analizarse que algunos de esos compuestos pueden ser potencialmente tóxicos. “Se han descrito efectos negativos para la salud en animales, como la hepatotoxicidad (daños en el hígado), inmunotoxicidad, efectos hormonales y un potencial carcinogénico. Debido a su ubicuidad y bioacumulación se han encontrado presentes en forma de trazas en la sangre de muchas personas. Pero es necesario estudiar mejor estos efectos en humanos”, indica Lurueña.
“Cualquier sustancia presente en un objeto en contacto con el alimento puede ser trasferida al mismo, aumentando su cantidad cuando existe gran compatibilidad entre el alimento y la sustancia en cuestión y cuando aumenta la temperatura de exposición" (Rafael Gavara, especialista en polímeros)
Al comprender un amplio conjunto de sustancias diferentes, con distintas propiedades y distintos niveles de toxicidad, las autoridades alimentarias americanas y europeas han tomado medidas para controlar o restringir su uso. “En Estados Unidos, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) firmó acuerdos con empresas para abandonar la producción de sustancias como el ácido perfluorooctanoico (PFOA), y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) ha modificado la legislación para retirar el uso de tres PFAS que ya no se consideran seguros para la salud. En Europa, la legislación establece límites de migración específicos [los límites máximos para regular la cantidad de ciertos compuestos que podrían migrar del envase al alimento], aunque es mejorable. Además, se vigila la exposición de la población a este tipo de compuestos y se estudia la dosis que podría ser perjudicial para la salud. Al igual que en EE UU, los PFAS sobre los que existe preocupación acerca de su seguridad están en desuso”, describe Lurueña.
En Europa, los PFAS se admiten solo como recubrimiento antiadherente en papel con un límite máximo de migración de 0,05 mg/kg; en Estados Unidos es del 0,5% del peso total del envase. A pesar de que la alta exposición a esos compuestos pueda significar un impacto perjudicial sobre la salud, y puedan causar también problemas reproductivos y de desarrollo, “no está claro si estos resultados tienen hoy implicaciones para la salud humana”, advierten J. Iñaki Álava y Miguel Ángel López, profesores del Área de Ciencia y Tecnología de la Facultad de Ciencias Gastronómicas del Basque Culinary Center. “En un estudio de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), realizado en trece países europeos entre 2006 y 2012, los expertos consideran que hay suficientes datos científicos para establecer una ingesta diaria total para PFAS de 150 nanogramos por kilogramo de peso corporal al día, y al mismo tiempo confirman que la exposición alimentaria a PFAS es muy poco probable que supere los valores de referencia indicados”, recuerdan estos expertos.

Humanos protegidos, pero hasta cierto punto

Ahora bien, puntualiza Lurueña, “esos datos se refieren a la población general y a una dieta normal. En el estudio americano se menciona que un tercio de la población infantil en Estados Unidos ingiere comida rápida a diario, una auténtica barbaridad, no solo por la elevada exposición a estas sustancias, sino sobre todo por la elevada proporción de grasas, azúcar, sal y harinas refinadas de este tipo de productos”.
Que en un alimento o envase alimentario haya un determinado compuesto potencialmente tóxico, indica Lurueña, no significa que vaya a provocar daños. “Habría que determinar si la cantidad supone o no un riesgo real. Esto no se investiga en el presente estudio. Se dice que es difícil evaluar la exposición y el riesgo asociado a los PFAs en los envases de comida rápida, ya que el grado de exposición de los materiales en contacto con alimentos y la toxicidad de la mayoría de los compuestos fluorados apenas están caracterizados. El estudio reconoce que las cantidades encontradas superan notablemente las recomendaciones del Ministerio de Alimentación y Medio Ambiente de Dinamarca”, destaca este consultor científico-tecnológico para empresas alimentarias.
Estimar la cantidad que migra del envoltorio al alimento es una tarea compleja, al depender de factores muy diversos: la cantidad y el tipo de alimento (si es o no graso), la temperatura, el tiempo de exposición y qué PFAS específicos contiene el envase. “Cualquier sustancia presente en un objeto en contacto con el alimento puede ser trasferida al mismo, aumentando su cantidad cuando existe gran compatibilidad entre el alimento y la sustancia en cuestión y cuando aumenta la temperatura de exposición. Los límites impuestos por las autoridades están calculados considerando exposiciones prolongadas y en cantidades enormes, en ocasiones aplicando factores de precaución de 1.000 o mayores para prevenir efectos adversos”, detalla Rafael Gavara. (En toxicología alimentaria, el factor de seguridad o de precaución establece la dosis permisible provisional de agentes xenobióticos —ajenos a los organismos vivos— en los seres humanos. Un factor de 1.000 puede ser una protección suficiente contra efectos muy graves como el cáncer).

Por si acaso, no empape el papel de kétchup

La costumbre entre quienes consumen fast food de untar el ketchup en el papel de la hamburguesa para luego rebañarlo con patatas fritas, es un gesto que convendría abandonar. “No se debería abusar por el riesgo de contaminación física, química y microbiológica del papel, ya confirmado en otros estudios”, recomiendan Álava y López.
Solo es por precaución, como expresa Lurueña: “Sería más pertinente con productos como las palomitas de microondas, cuyo envase se somete a altas temperaturas, favoreciendo la migración de esas sustancias hacia el alimento”, concluye.

martes, 14 de marzo de 2017

Hallada en Argentina la primera rana fluorescente

Los anfibios podrían usar esta intensa coloración verde para ver y ser vistoss

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La rana punteada en todo su verdor. JULIÁN FAIVOVICH Y CARLOS TABOADA/MACN
La rana punteada (Hypsiboas punctatus) es un anfibio arbóreo que vive en los bosques tropicales de América del Sur. Su principal característica hasta ahora era el punteo sobre una piel casi translúcida que va del amarillo al rojizo. Pero un grupo de investigadores argentinos y brasileños han descubierto algo que la hace aún más especial: es fluorescente y creen que usan estos pulsos de luz para comunicarse.
La fluorescencia es un fenómeno físico por el que un cuerpo que recibe luz a una determinada longitud de onda, la devuelve a otra longitud de onda mayor. En la naturaleza hay peces, tortugas, escorpiones y hasta loros fluorescentes. Pero este sería el primer caso detectado entre las más de 7.600 especies de anfibios. La H. punctatus absorbe luz en la franja ultravioleta del espectro electromagnético y la emite en la región azul a verde.
Los investigadores capturaron varios ejemplares de rana punteada en las afueras de Santa Fe (Argentina) y las estudiaron junto a otros de especies emparentados. Bajo la luz ultravioleta, solo la H. punctatus se iluminaba. Lo siguiente fue averiguar cómo lo hace.
Tres moléculas presentes en la linfa y glándulas de la rana generan la fluorescencia de estos anfibios
Los autores de la investigación, publicada en la revista PNAS, estudiaron las ranas capa a capa, desde la parte más exterior de su piel transparente. Vieron que la fuente de la luz no estaba en los cromatóforos, células pigmentarias que reflejan la luz y que son los responsables de sus vivos colores y de la biofluorescencia en otros animales.
En esta ocasión, el proceso químico que ilumina a esta rana se encuentra en unas moléculas presentes en el líquido linfático con la fórmula química C22H31NO4 y que los investigadores han denominado Hyloin-L1. También hallaron otras dos moléculas secundarias en las secreciones glandulares que intervienen en su intensa fluorescencia verde.
Lo siguiente que hicieron los investigadores fue medir la intensidad de la luz extra emitida por las ranas. "Nuestros cálculos muestran que la fluorescencia aporta desde el 18,5% de la luz en las noches de luna llena hasta el 29,6% durante el crepúsculo", escriben los autores del estudio.
Ejemplar de 'Hypsiboas punctatus' a la luz natural.
Ejemplar de 'Hypsiboas punctatus' a la luz natural. 
Aunque la fluorescencia en otros animales cumplen variadas funciones, en las ranas aún está por determinar. Sin embargo, los investigadores creen que les ayuda a desenvolverse durante la noche, comunicarse y, quizá, encontrar pareja. Lo explica la bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, Maria Gabriela Lagorio, a la revista especializada Chemistry World: "Las especies de anfibios tienen fotorreceptores en sus ojos optimizados para la visión en azul y en verde. Así que estos componentes deben realzar el resplandor de estas ranas en condiciones crepusculares".

miércoles, 8 de marzo de 2017

jueves, 2 de marzo de 2017

Hallada la evidencia de vida más antigua que se conoce

El descubrimiento de tubos y filamentos fósiles de hace 4.000 millones de años indica una alta probabilidad para la evolución rápida de la vida

Tubos de hematita en las fumarolas hidrotermales, que representan los microfósiles más antiguos. MATTHEW DODD / EPV
El origen de la vida no es el problema más acuciante de la investigación biológica, pero sí el más profundo, y tal vez el más filosófico. Algunos científicos lo abordan intentando reproducirlo en el laboratorio, y otros explorando las rocas más antiguas del planeta en busca de sus evidencias más remotas. Esta segunda línea de indagación acaba de hacer un descubrimiento deslumbrante. Y de batir un récord histórico.
Un equipo internacional de geólogos, paleontólogos y nanotecnólogos han hallado unas estructuras tubulares y filamentosas que, según interpretan, representan bacterias fósiles. Y las han hallado en unas rocas canadienses (el cinturón Nuvvuagittuq) que provienen de fumarolas hidrotermales del fondo oceánico de hace 3.770-4.280 millones de años. La Tierra tiene 4.500 millones de años, de modo que estos microfósiles representan las evidencias de vida más antiguas de las que hay constancia hasta ahora. Y ya no queda mucho margen para seguir viajando hacia el pasado.
Los microfósiles más antiguos confirmados hasta ahora tienen 3.500 millones de años. Eso es 1.000 millones de años después del origen de la Tierra, pero los primeros cientos de millones de años del planeta fueron un verdadero infierno geológico. En el Sistema Solar recién formado, el diluvio permanente de meteoritos, cometas y otros objetos celestes aún mayores –como el que nos arrancó la Luna de un solo y brutal impacto— generaron unas condiciones no ya incompatibles con la vida, sino incluso con los procesos químicos que la precedieron.
“Nuestros descubrimientos demuestran que la vida se desarrolló en la Tierra en un tiempo en que tanto la Tierra como Marte tenían agua líquida en la superficie, lo que plantea una cuestión emocionante sobre la vida extraterrestre
El nuevo hallazgo, que se remonta a 3.770-4.280 millones de años atrás, solapa ya con aquella época infernal. Si los microfósiles canadienses representan vida bacteriana, debe tratarse de algo muy parecido a las primeras formas de vida en la Tierra. Y ya eran bastante variadas en aquella época primigenia. Matthew Dodd, del University College de Londres, y sus colegas de Leeds (Reino Unido), Ottawa (Canadá), Crawley (Australia) y los servicios de inspección geológica de Noruega y Estados Unidos presentan su investigación en el artículo principal deNature.
El cinturón de Nuvvuagittuq, en Quebec, contiene algunas de las rocas sedimentarias (originadas por la acumulación de sedimentos en el fondo del mar) más antiguas que conoce la geología. En sus orígenes, estas rocas eran parte de una fumarola hidrotermal (un géiser submarino) donde abundaban las emanaciones de hierro. En esas cunas ricas en energía y minerales, piensan muchos científicos, surgieron las primeras formas de vida –las primeras bacterias— hace alrededor de 4.000 millones de años, cuando los meteoritos empezaron a amainar.
“Nuestro descubrimiento”, dice Dodd, “apoya la idea de que la vida emergió en fumarolas calientes del fondo del mar, poco después de que se formara el planeta. Esta rápida aparición de la vida en la Tierra encaja con otras evidencias recientes de túmulos datados en 3.700 millones de años atrás que fueron configurados por microorganismos”.

Bandazos geológicos

La datación de los fósiles más antiguos de la Tierra ha sufrido considerables bandazos en los últimos tiempos. Hace 15 años, era común en la literatura científica citar las alfombras bacterianas descubiertas por William Schopf, y datadas en 3.900 millones de años. Más tarde los geólogos las pusieron en cuestión, pues descubrieron mecanismos abióticos (independientes de la vida) capaces de generar esas arquitecturas. Desde entonces, los fósiles bacterianos más antiguos, y aceptados por todos los paleontólogos, se han datado en 3.500 millones de años.
Los primeros cientos de millones de años del planeta fueron un verdadero infierno geológico
El nuevo hallazgo vuelve a retrasar la fecha, incluso más que en los cálculos de Schopf. Dodd y sus colegas han dedicado lo mejor de su trabajo a argumentar, con datos y sistemas de análisis de vanguardia, que sus tubos y filamentos canadienses son producto de procesos bióticos (asociados a la vida), y que son muy similares a otras estructuras mucho más modernas que se aceptan sin discusión como biológicas. Algunas son fósiles, y otras siguen vivas en las fumarolas oceánicas actuales.
“Nuestros descubrimientos”, dice Dodd, “demuestran que la vida se desarrolló en la Tierra en un tiempo en que tanto la Tierra como Marte tenían agua líquida en la superficie, lo que plantea una cuestión emocionante sobre la vida extraterrestre. Nuestra predicción, por tanto, es que se hallarán evidencias de vida en Marte de hace 4.000 millones de años. De lo contrario, la Tierra será una excepción muy especial”.