jueves, 11 de enero de 2018

Las mujeres viven más que los hombres hasta en las condiciones más extremas

Las féminas de corta edad resisten mejor que los varones en momentos de hambrunas, epidemias o esclavitud, aunque no está claro por qué 

Un recién nacido en el hospital de Dera Murad Jamali (Pakistán).
Un recién nacido en el hospital de Dera Murad Jamali (Pakistán). MSF
Jean Calment es la persona más longeva de la que hay constancia. Nació en 1875, conoció a Van Gogh, montó en bicicleta y fumó casi toda su vida. Cuando murió en 1997, a los 122 años, se barajó que la siguiente persona viva de más edad era Lucy Askew, británica de 104 años. Su sexo no es casualidad. Entre los que alcanzan el siglo de edad, hay cuatro mujeres por cada hombre. Esta superioridad en la esperanza de vida se mantiene en cualquier punto del planeta. Ellas suelen vivir varios años más que ellos, no está claro por qué.
Ahora, un estudio ha analizado la tasa de mortalidad en grupos sometidos a hambrunas, epidemias y esclavitud. Sus conclusiones muestran que las féminas también resisten mejor en estas horribles condiciones y destapan un hecho sorprendente. La mayor parte de la ventaja entre ellos y ellas aparece en el primer año de vida.
La mayor mortalidad registrada en la historia se dio en Liberia entre 1820 y 1843. El Gobierno de EE UU animó a los esclavos liberados a que se marchasen a una nueva patria en África. A muchos solo les esperaba la muerte. El 43% de los emigrados falleció al año de llegar, probablemente debido a enfermedades infecciosas. En esos años, la esperanza de vida de un niño nacido en Liberia era de 1,68 años y la de una niña, de 2,23, según el estudio, publicado en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU.

Los autores creen que esta superioridad tiene una explicación biológica
El trabajo analiza también las defunciones entre esclavos en la isla caribeña de Trinidad (Trinidad y Tobago) a principios del siglo XIX, durante hambrunas en Ucrania en 1933, Suecia entre 1772 y 1773 e Irlanda entre 1845 y 1849, y dos epidemias de sarampión en Islandia en 1846 y 1882. Solo se contemplan casos en los que la esperanza de vida de uno o los dos sexos bajó de los 20 años. “Solo hemos encontrado casos documentados del pasado porque, afortunadamente, en la actualidad es muy improbable que, incluso en las peores crisis, la esperanza de vida sea de 20 años o menos”, explica Virginia Zarulli, investigadora del Centro Max Planck de Odense (Dinamarca) y primera autora del estudio.
En casi todos los casos analizados las mujeres vivieron más que los hombres. La ventaja va del medio año más de vida en el peor de los casos (Liberia) a 3,7 años más en el mejor (Irlanda). La única excepción se da entre los esclavos de Trinidad, algo que Zarulli y su equipo atribuyen a que los hombres eran considerados más valiosos para trabajar en el campo y por tanto se les cuidaba más. La mayoría de la ventaja en supervivencia de las mujeres sobre los hombres se da durante el primer año de vida, después del cual las diferencias entre sexos se atenúan. En Liberia, Trinidad, Islandia e Irlanda ese desequilibrio en la mortalidad infantil explica hasta el 50% de toda la divergencia. En catástrofes más recientes, como la hambruna que siguió a la II Guerra Mundial en Holanda y otras registradas en Asia, se observa una ventaja similar.
“En condiciones normales, la mortalidad de niños tiende a ser mayor que la de las niñas, por eso la proporción natural es de unos 107 niños nacidos por cada 100 niñas”, explica Zarulli. “La enorme diferencia que hemos encontrado en favor de las féminas durante las crisis es muy sorprendente. Lo que se sabe de las épocas estudiadas es que, si había un trato preferencial por sexos, los machos eran los beneficiarios, por lo que es incluso más reseñable que a pesar de una posible discriminación las niñas sobrevivan más”, argumenta.
"Este trabajo viene a demostrar que las mujeres son el sexo fuerte, aunque también sufren más achaques a edades avanzadas
Los autores creen que esta superioridad tiene una explicación biológica. En condiciones de vida  similares, las féminas siempre viven más, como han demostrado varios estudios, incluido uno entre monjes y monjas de clausura en Bavaria (Alemania), estas con una ventaja de hasta un año de vida más. Entre la mayoría de mamíferos, incluidos los primates, tanto salvajes como en cautividad, las hembras también viven significativamente más tiempo. Las hormonas sexuales pueden ser parte de la explicación, señala el estudio. Los estrógenos femeninos son antiinflamatorios y protegen el sistema circulatorio, mientras la testosterona está asociada a una mayor mortalidad por algunas enfermedades. Los estrógenos fortalecen el sistema inmune, mientras la testosterona y la progesterona parecen hacer lo contrario. La incidencia de infecciones es menor entre mujeres que hombres (la mayoría de las muertes en las poblaciones analizadas pueden achacarse a la disentería, la inanición y la diarrea). Junto a estos factores biológicos hay otros sociales que han venido ayudando al sexo femenino, como que ellas fuman, beben y se drogan menos, conducen de forma menos temeraria, cuidan más su alimentación y tienen menos comportamientos arriesgados.
“El hecho de que entre bebés, cuando las diferencias de comportamiento son mínimas, las niñas sobreviviesen mucho más parece apuntar que la ventaja femenina tiene unas raíces biológicas bien asentadas”, opina Zarulli. “A riesgo de simplificar demasiado, podemos ver fácilmente cómo, para sobrevivir, una tribu imaginaria necesita solo unos cuántos hombres, pero muchas más mujeres. Un solo hombre puede tener muchos hijos, pero el número de bebés que puede criar una mujer es limitado”, señala.
Si se hubieran tenido en cuenta no sólo los nacimientos, sino las concepciones, algo complicado de encontrar en los registros, la superioridad femenina sería incluso mayor, pues “por cada 100 hembras se conciben unos 160 varones”, explica Diego Ramiro, demógrafo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. “Este trabajo  viene a demostrar que las mujeres son el sexo fuerte, aunque debido a que viven más también sufren más achaques”, añade.
Los dos investigadores que han dirigido la investigación, Kaare Christensen, de la Universidad del Sur de Dinamarca, y James Vaupel, fundador del Centro Max Planck de Investigación Demográfica en Rostock (Alemania), llevan años estudiando los fundamentos biológicos del envejecimiento y los límites de longevidad humana. Según Vaupel no hay límite de edad establecido para nuestra especie —una declaración discutida por otros expertos— y es de esperar que se sigan ganando 10 años de esperanza de vida cada 40 años. Si esto es cierto, es de esperar que las mujeres seguirán llevando ventaja durante mucho tiempo.

La técnica estrella de edición genética encuentra debilidades en el cáncer

Científicos de EE UU emplean la técnica CRISPR para comprender por qué más de la mitad de los pacientes con cáncer no obtienen ningún beneficio de la inmunoterapia

Células tumorales
Células tumorales GETTY IMAGES / XRENDER
En la última década, investigadores de todo el mundo han desarrollado una nueva herramienta para combatir en la compleja guerra contra el cáncer: las terapias inmunológicas. Desde hace mucho, se sabe que el sistema inmune neutraliza con frecuencia mutaciones que podrían acabar provocando un tumor. Pero el cáncer tiene sus trucos para burlar las defensas del organismo. De hecho, a veces, emplea mecanismos que necesitamos para existir. Cuando se produce la fecundación, la mujer debe albergar en su interior células que contienen genes del hombre, que podrían ser atacadas como invasoras. Los escudos que generan los embriones para no ser atacados por las defensas de su propia madre son similares a los que después utilizan las células tumorales para evitar que los linfocitos las eliminen.
Las inmunoterapias, como las que desactivan las proteínas PD-1 que sirven de escudo al cáncer, han logrado éxitos sorprendentes en algunos tumores y algunos pacientes. Sin embargo, la variación entre tipos de cáncer e individuos es grande y alrededor de un 60% de los pacientes no obtiene ningún beneficio. Para tratar de ampliar el impacto de las terapias inmunológicas, investigadores de todo el mundo buscan nuevas formas de exponer a las células cancerosas al trabajo de los linfocitos que pueden matarlas.
En el último número de la revista Science, dos grupos de varias instituciones científicas estadounidenses explican cómo ha encontrado uno de los mecanismos empleados por el cáncer para resistirse al sistema inmune. En un primer trabajo, los investigadores, liderados por Toni Choueiri y Eliezer Van Allen, del Instituto Dana-Farber para el Cáncer, de Boston, secuenciaron células normales y tumorales de 35 personas con un tipo de cáncer de riñón. Después de comparar su respuesta a un fármaco que desactiva el escudo PD-1, el nivolumab, observaron que las células de los pacientes con mutaciones en el gen PBRM1 respondían mejor al medicamento. Según los autores, “la pérdida de PBRM1” alteraría “los perfiles de expresión global de las células tumorales” influyendo en la respuesta a la terapia inmune.

En un segundo estudio, los autores, liderados por científicos de la Facultad de Medicina de Harvard y el Instituto Dana-Farber, emplearon la técnica de edición genética CRISPR para ir eliminando genes de células de melanoma de ratón. Así, fueron comprobando en qué casos la desaparición de un gen hacía que las células de cáncer fuesen más vulnerables al ataque de los linfocitos.
Los escudos que generan los embriones para no ser atacados por las defensas de su propia madre son similares a los que después utilizan las células tumorales para evitar que los linfocitos las eliminen
Los responsables del trabajo observaron la importancia de un grupo de genes (conocido como PBAF) que regulan el modo en que el organismo accede a la información contenida en el ADN para después transcribirla y que se realicen todo tipo de funciones biológicas. Estos genes influyen sobre otros que regulan la respuesta del organismo a la inflamación, que es importante para que los linfocitos ataquen al tumor, y también sobre algunos que los atraen hacia las células cancerosas. En ambos casos, la pérdida de función de los genes PBAF hacía que los tumores fuesen más sensibles al ataque de los linfocitos T. Como en el estudio anterior, la inmunoterapia también resultó más efectiva cuando se desactivaba el gen Pbrm1.
“Este tema es muy candente, todo el mundo está interesado en buscar nuevas dianas terapéuticas en inmunooncología, porque aún hay muchos pacientes que no responden”, afirma Joan Seoane, profesor ICREA y director de Medicina Traslacional del Instituto de Oncología Vall D’Hebron. “En nuestro instituto tenemos un objetivo similar, pero en este caso estudiando los mecanismos de inmunosupresión local como los que emplea el embrión dentro del útero de la madre para no generar una respuesta inmune”, continúa. “Queremos buscar esos escudos, que cada tipo de tumor puede tener varios diferentes, para buscar fármacos que combinados puedan superar ese sistema de defensa complejo y reducir la probabilidad de que el tumor se escape”, concluye.
“Artículos como este predicen mecanismos que podrían estar detrás de la resistencia a tratamientos con inmunoterapia. Una de las implicaciones es que si conocemos estos mecanismos, sobre algunos de ellos, como podrá ser el caso de los genes de la vía de ras, que redescubren en este artículo, podrían ser inhibidos por fármacos de los que disponemos, y esto daría lugar a la posibilidad de tratamientos combinados para conseguir más eficacia”, señala Ignacio Melero, inmunólogo de la Clínica Universitaria de Navarra y el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de Pamplona. No obstante, puntualiza que esto es un primer paso, porque aunque el trabajo descubre mecanismos que indican que se podrían emplear esas vías para crear nuevos medicamentos, aún no se ha demostrado que sea posible.
Una de las implicaciones del artículo publicado en Science es la relación que se observa entre la inmunoterapia y los mecanismos epigenéticos, una especie de aditivos que se pegan sobre los genes y cambian lo que producen. “Nosotros tenemos en marcha algunos ensayos clínicos en marcha que actúan sobre estos mecanismos epigenéticos en combinación con tratamientos de inmunoterapia, y sabemos que hay mecanismos de control epigenético en las células del sistema inmunitario muy importante en determinar su capacidad antitumoral”, explica Melero.
La preselección realizada por grupos como los dos que han publicado sus resultados en Science es un primer paso para desarrollar nuevos fármacos inmunoterápicos. Técnicas de edición genética como CRISPR, que también se han empleado para mejorar la respuesta del sistema inmune contra el cáncer, pueden ayudar a seguir buscando debilidades en distintos tumores. La combinación de nuevos conocimientos, como la combinación de nuevos fármacos, será una de las claves para detener, o al menos ralentizar, el avance del cáncer.

lunes, 8 de enero de 2018

Los suplementos de calcio y vitamina D no evitan fracturas de huesos

Mejorar la dieta, hacer ejercicio y tomar el sol son mejores pautas.

Un grupo de pensionistas sentados en un banco.
Un grupo de pensionistas sentados en un banco. EFE
La población de los países como España no deja de envejecer y las fracturas son un problema que consume cada vez más recursos, por no hablar del daño que sufren ancianas y ancianos. Y es sabido que los huesos necesitan calcio y vitamina D para fortalecerse, por lo que parecería lógico que el consumo de suplementos con estos elementos ayudarán a las personas mayores. Pero las evidencias científicas no avalan este silogismo: el uso de suplementos de calcio y vitamina D no se asocia con un menor riesgo de fracturas.
Un estudio desmonta esta idea analizando hasta 33 ensayos clínicos distintos, que abarcaban a más de 50.000 adultos mayores de 50 años. "El uso de suplementos que incluyen calcio, vitamina D o ambos en comparación con placebo o ningún tratamiento no se asoció con un menor riesgo de fracturas", concluyen los autores que publican su trabajo en la revista de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA). Concretamente, los suplementos no servirían para el grupo de personas mayores que viven en sus casas, ya que el estudio no se fija en aquellas que viven en instituciones médicas o geriátricas y que pueden tener otras necesidades.
"Las pautas deberían cambiarse. Mejorar el estilo de vida, hacer suficiente ejercicio, tomar suficiente sol y ajustar la dieta puede ser más importante que tomar estos suplementos", asegura Zhao
Este estudio es especialmente interesante dado que en muchos países se incluye el suministro de estos suplementos entre las pautas y recomendaciones generales para personas mayores o con riesgo de fracturas de huesos. Algunos estudios establecen que hasta el 40% de las mujeres en estas edades pueden sufrir una fractura grave. Sin embargo, este metaanálisis —una revisión crítica de los estudios publicados sobre el tema— descarta que sirvan para algo, al margen del sexo, la dosis tomada, el historial de fracturas o el calcio y vitamina D incluido en la dieta.
Este punto es importante: la forma convencional de adquirir estos elementos es a través de la dieta y unos hábitos saludables, ya que están presentes en cantidades más que suficientes en alimentos cotidianos como las sardinas, los lácteos, el salmón, las yemas de huevo o el zumo de naranja. "Las pautas deberían cambiarse", asegura el doctor Jia-Gou Zhao, autor principal del estudio, en declaraciones recogidas por Reuters. "Creemos que mejorar el estilo de vida, hacer suficiente ejercicio, tomar suficiente sol y ajustar la dieta puede ser más importante que tomar estos suplementos", defiende. Estudios previos en importantes revistas médicas como BMJ y The Lancet ya apuntaban en el mismo sentido que el trabajo que publica JAMA. Otras revisiones han descartadoigualmente que sean útiles en menores.
Además, al estar presentes en la dieta, se corre el riesgo de que estas personas consuman una cantidad excesiva de calcio y vitamina D, que conlleva posibles efectos secundarios como problemas de riñón. Incluso hay estudios que relacionan el abuso de su consumo con mayores caídas y fracturas. No obstante, las personas mayores que viven en residencias sí podrían necesitar el suplemento y en cualquier caso, advierten los expertos, nadie debería abandonar su consumo sin consultar previamente con el sanitario que lo haya recomendado.

2º BACHILLERATO. CICLO CELULAR. MITOSIS Y MEIOSIS


viernes, 5 de enero de 2018

El azúcar añadido en los alimentos aumenta la virulencia de las superbacterias

El endulzante trehalosa contribuyó al auge de infecciones hospitalarias en Europa y EE UU, según un estudio

Una colonia de C. difficile vista al microscopio.
Una colonia de C. difficile vista al microscopio. RKI
Entre todas las bacterias conocidas, hay una que hace honor a su nombre por razones que ni siquiera sospecharon sus descubridores. En 1935, Elizabeth O’Tool e Ivan Hall, de la Universidad de Colorado (EE UU), estaban investigando cómo las bacterias colonizan los intestinos de los bebés pocas horas después de nacer. En las heces de un recién nacido se toparon con un microbio alargado y cabezón, con forma de cerilla. Fue muy complicado aislarlo y criarlo en el laboratorio, de ahí su nombre, Clostridium difficile.
En la actualidad, lo difícil es librarse de este patógeno, especialmente en los hospitales. Como descubrieron O’Tool y Hall, C. difficile coloniza los intestinos y produce diarreas severas que, en los pacientes más debilitados, pueden causar serias complicaciones de salud e incluso la muerte. A principios de la década de 2000 emergieron variantes especialmente virulentas de estas bacterias. Su incidencia ha aumentado desde entonces en Europa y EE UU hasta convertirse en la principal causa de diarrea asociada al consumo de antibióticos y ser responsable de casi el 50% de las infecciones intestinales en hospitales en la UE. Una de las explicaciones de este problema sanitario es la aparición de variantes resistentes a algunos antibióticos. Pero en la naturaleza es raro que un evento así tenga una sola explicación, así que debe haber otras razones por las que la C. difficile se ha vuelto tan insidiosa, aunque la dificultad para estudiarla en el laboratorio sigue dificultando identificarlas.
Un estudio publicado en Nature apunta a otra posible razón, el azúcar añadido de los alimentos. Los investigadores han analizado el genoma de dos variantes muy virulentas de esta bacteria a las que se achacan muchas epidemias hospitalarias. Ambas surgieron en Norteamérica entre 2000 y 2003. Las dos, demuestra ahora el nuevo estudio, han desarrollado sus propios mecanismos genéticos para alimentarse de trehalosa, un tipo de azúcar que se usa como aditivo en la pasta, el helado o la carne picada, cuando le faltan otras fuentes de nutrientes. Todas las C. difficile florecen si se las alimenta con glucosa pero cuando se pasa a trehalosa, solo la variante epidémica sobrevive.
Los investigadores, liderados por Robert Britton, del Colegio de Medicina Baylor (EE UU), criaron ratones cuyas colonias de bacterias intestinales emulan las humanas. Una dieta con niveles de trehalosa similar a la que consumiría un humano hace que las infecciones se vuelvan más letales en los animales, triplicando su riesgo de muerte. Los investigadores han demostrado que la trehalosa no hace que las bacterias se multipliquen más, pero sí que produzcan más toxinas que pueden exacerbar la infección.
El endulzante estudiado se usa como ingrediente alimentario en pasta, helado o carne picada, señalan los autores
Hasta 2000, el uso de la trehalosa en EE UU y Europa fue testimonial. Producir un solo kilo de este disacárido costaba unos 700 dólares. Después de esa fecha, un nuevo método de producción de este aditivo usando enzimas bajó el precio a unos tres dólares por kilo. EE UU y Europa aprobaron el consumo de este ingrediente en 2000 y 2001, respectivamente. La expansión de esta variante de azúcar en la industria alimentaria coincidió con la aparición de las variantes más peligrosas de clostridium y el aumento de complicaciones en pacientes. “La implementación de la trehalosa como aditivo en alimentos poco después de la emergencia de las dos variantes epidémicas ayudó a su aparición y contribuyó a su hipervirulencia”, escriben los autores del trabajo.
Varios expertos coinciden en que aún quedan preguntas por responder para demostrar la tesis de estos investigadores, aunque reconocen que las pruebas que presentan son sólidas. Habría que confirmar la conexión entre el consumo de este azúcar, la producción de toxinas por parte de la C. difficile y una mayor mortalidad en humanos. También que suficiente trehalosa llega sin descomponer hasta el colon para que las bacterias se alimenten de ella y ocasionen una infección. “A pesar de esto, las correlaciones encontradas por el equipo de Collins son convincentes”, opina Jimmy Ballard, microbiólogo de la Universidad de Ciencias de la Salud de Oklahoma.
“Este estudio aporta un buen ejemplo de cómo cambios introducidos por los humanos, en este caso los aditivos de la comida, pueden tener consecuencias imprevistas relacionadas con la aparición y la expansión global de agentes infecciosos”, resalta Brendan Wren, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, en declaraciones para Science Media Centre.