lunes, 27 de noviembre de 2017

La industria del azúcar lleva décadas manipulando la ciencia

Un análisis de antiguos documentos de la Sugar Research Foundation muestra que detuvieron estudios en los que se relacionaba azúcar y enfermedad cardiovascular

La industria del azúcar ha ocultado durante alrededor de 50 años estudios efectuados con animales que sugerían los efectos negativos que la sacarosa tiene en la salud. MARK R. CRISTINO (EFE) / EPV
Durante la historia de la humanidad, morir de cáncer de pulmón era una verdadera rareza. Sin embargo, el consumo masivo de tabaco, que comenzó a finales del siglo XIX, causó una epidemia mundial. La relación entre el hábito de fumar y el cáncer comenzó a demostrarse en los 40 y a finales de los 50 las pruebas ya eran irrefutables. Sin embargo, en 1960 solo un tercio de los médicos de EE UU creían que el vínculo entre la enfermedad y el tabaquismo era real. A esa confusión de los médicos y la ciudadanía contribuyó también la ciencia. En 1954, Robert Hockett fue contratado por el Comité de Investigación de la Industria del Tabaco estadounidense para poner en duda la solidez de los estudios sobre el daño de los cigarrillos.
Pese a los esfuerzos de aquella industria, la acumulación de pruebas ha logrado que la conciencia sobre los peligros de fumar sea casi universal y que las campañas hayan reducido significativamente el número de fumadores. Pero el negocio del tabaco no es el único que manipuló la ciencia para proteger sus beneficios. Como el tabaquismo, el consumo desmesurado de azúcar es un hábito enfermizo moderno. Y aunque la conciencia sobre los daños del azúcar es algo mucho más reciente, parece que la propia industria era consciente de ellos desde hace mucho tiempo. De hecho, Hockett, antes de buscar la protección del tabaco a través de la confusión, había hecho lo mismo con el azúcar. Entonces, al no poder negar la relación entre sacarosa y caries, trataba de promover intervenciones de salud pública que redujesen el daño del azúcar en lugar de restringir su consumo.
Compañías como Pepsi dejaron de financiar estudios al observar que podían demostrar el daño de sus productos
Esta semana, un equipo en el que participan Cristin Kearns y Stanton Glantz, investigadores de la Universidad de California en San Francisco conocidos por señalar los tejemanejes del negocio azucarero, ha recuperado antiguos documentos que muestran su forma de trabajar. Según explican en un artículo publicado en la revista PLOS Biology, la Sugar Research Foundation (SRF), conocida ahora como Sugar Association, financió en 1965 una revisión en el New England Journal of Medicine en la que se descartaban indicios que relacionaban el consumo de azúcar, los niveles de grasa en sangre y la enfermedad cardiaca. Esa misma fundación también realizó estudios en animales en 1970 para analizar esos vínculos. Sus resultados encontraron un mayor nivel de colesterol en ratas alimentadas con azúcar frente a otras alimentadas con almidón, una diferencia que atribuían a distintas reacciones de los microbios de su intestino. Cuando la SRF conoció los datos, que apuntaban a una relación entre el consumo de azúcar y la enfermedad cardiaca e incluso un mayor riesgo de cáncer de vejiga, detuvo las investigaciones y nunca publicó sus resultados.
Glantz y sus colegas comentan que este tipo de trabajo propagandístico, dirigido a sembrar dudas sobre cualquier relación entre el consumo de sacarosa y las enfermedades crónicas, continúa hoy. Como ejemplo citan una nota de prensadifundida por la Sugar Association en 2016 como respuesta a un estudiopublicado en la revista Cancer Research. En ella, se ponían en duda los datos obtenidos por un equipo del Centro para el Cáncer MD Anderson de la Universidad de Texas en el que se observó en ratones que el consumo de azúcar favorecía el crecimiento de tumores y la metástasis.

Estrategias vigentes

Las estrategias de la industria azucarera del pasado continúan vigentes. Como cuando Hockett proponía paliar el impacto del consumo del azúcar en la caries sin reducir su consumo, hoy, compañías como Coca-Cola centran el foco en la necesidad de hacer ejercicio para reducir la obesidad dejando a un lado la de reducir el consumo de azúcar.
En una entrevista con El País, Dana Small, una científica de la Universidad de Yale que trabaja para entender la manera en que el entorno moderno, desde la alimentación a la contaminación, favorece la obesidad, comentaba su experiencia colaborando con Pepsi. Pese a que reconoce que los directivos de la compañía tenían buenas intenciones cuando comenzaron a financiar proyectos sobre alimentación y salud, cuenta que todo funcionó bien hasta que tuvieron “resultados que indicaban que sus productos podían estar haciendo daño”. No podían asumir que conocían los peligros de sus productos para la salud, porque esa información se podría utilizar contra ellos en futuras demandas. “Dejaron de financiarme la semana siguiente y a los científicos con los que estaba trabajando, les confiscaron los ordenadores”, relataba.
Glantz considera que la actitud de las asociaciones azucareras “cuestionan los estudios financiados por la industria del azúcar como una fuente fiable de información para la elaboración de políticas públicas”. Small, sin embargo, consideraba que la industria del azúcar y la de la alimentación en general es demasiado grande como para obviarla. En su opinión es necesario buscar formas para proteger este tipo de colaboración de tal manera que ambas partes puedan trabajar de forma honesta “sin tener que preocuparse por secretos comerciales o ser demandada”.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Si quieres agricultura orgánica, come menos carne y no tires comida

Un grupo de investigadores calcula qué tipo de cambios serían necesarios para que se pudiesen alimentar a 9.000 millones de personas con la agricultura orgánica

La agricultura convencional ocupa el 99% de la tierra cultivada del planeta
La agricultura convencional ocupa el 99% de la tierra cultivada del planeta  AFP
Hay debates sobre determinadas decisiones prácticas capaces de soliviantar a cualquiera. Dormir junto a nuestro bebé o dejar que lo haga en su propio espacio, beber leche o no hacerlo, o nuestra posición sobre la existencia de un ser supremo son algunos de ellos. Otro espacio de emociones encontradas es el que se produce en torno a la agricultura ecológica y la industrial. En esta última, los agricultores aplican fertilizantes producidos por síntesis química para ayudar al crecimiento de la planta con nutrientes como el nitrógeno en el momento que lo necesita. También utilizan pesticidas artificiales para librar a los cultivos de enfermedades. La agricultura orgánica propone un sistema más tradicional, empleando los residuos de los propios cultivos como fertilizantes y utilizando sistemas de rotación en los que se emplean vegetales como las legumbres para recuperar la fertilidad del suelo que se desgasta con otros cultivos.
La agricultura orgánica reduce el uso de pesticidas casi por completo y el de fertilizantes a menos de la mitad, pero adolece de un problema fundamental: su menor rendimiento, con cosechas hasta un 34% inferiores a las de la agricultura convencional, la convierten en una alternativa poco viable en un mundo con una población creciente y un territorio para cultivar limitado. Además, este tipo de técnicas son especialmente inferiores cuando se trata de hacer crecer cereales como el trigo, que suponen una gran parte de la producción mundial de alimentos. Hasta ahora, el porcentaje mundial de tierras cultivadas con agricultura orgánica es del 1%.
Sin embargo, hay grupos de defensores de la agricultura orgánica que consideran positiva una transición hacia esta forma de conseguir alimentos para reducir el impacto ambiental. La pasada semana, un equipo internacional de investigadores liderado por Adrian Muller, del Instituto de Investigación sobre Agricultura Orgánica (FiBL) en Frick, Suiza, ha publicado en la revista Nature Communications un trabajo en el que proponen los cambios necesarios para que esta forma de cultivo produzca alimentos para la población mundial.

Las cosechas de la agricultura orgánica son hasta un 34% inferiores a las de la convencional
Su análisis indica que un uso generalizado de la agricultura orgánica requeriría cultivar más tierras silvestres para compensar la menor productividad. Esto tiene un impacto ambiental que los autores consideran compensado por varios beneficios, como un menor uso de pesticidas o un excedente de nitrógeno inferior. En la agricultura industrial, este elemento producido de forma artificial se aplica cuando las plantas lo necesitan, pero si no se usa con mesura, los excesos pueden acabar arrastrados a los ríos dañando a los seres vivos que los habitan y haciendo que el agua no sea potable. En la agricultura orgánica, se emplean recursos como los propios residuos de cultivos anteriores para mejorar la fertilidad del suelo a más largo plazo y, en principio, se reducen los riesgos de contaminación.
Pero para disfrutar de estas ventajas y alimentar a los más de 9.000 millones de personas que habitarán la Tierra en 2050 serán necesarios cambios culturales profundos que van mucho más allá de la práctica agraria. Uno de ellos es la reducción del consumo de carne. En total, la cantidad de proteínas que los humanos obtenemos de la carne de animales debería descender del 38% al 11%. Uno de los alimentos que ocuparían el lugar de la carne como fuente de proteínas serían las legumbres, que tendrían un beneficio añadido como cultivo. Estas plantas tienen la capacidad para fijar el nitrógeno en los suelos donde crecen y se han empleado durante siglos para recuperar la fertilidad que perdía el suelo cuando se plantaban en él otras plantas como los cereales.
Otra de las medidas necesarias para hacer viable la expansión de la agricultura orgánica sería reducir la cantidad de comida que desperdiciamos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que tiramos entre el 30 y el 40% de los alimentos que producimos. También se propone una mejora en la reutilización de recursos generados en las explotaciones agrarias, como los residuos de los cultivos o de la ganadería para usarlos como fertilizante.
La cantidad de proteínas que los humanos obtenemos de la carne de animales debería descender del 38% al 11%
Carlos Palomar, director general de Aepla, una asociación que representa a las empresas productoras de productos fitosanitarios en España, considera interesantes los planteamientos del artículo aunque ve difícil “cambiar el comportamiento de 10.000 millones de personas”. “Mientras se llega a ese punto, hay que seguir produciendo para alimentar a tanta gente, porque además, los chinos y los habitantes de otros grandes países van en la dirección contraria, hacia un mayor consumo de lácteos y carne y de menos arroz y vegetales”, añade.
Para no ocupar más terreno y mantener los niveles de producción reduciendo los niveles de contaminación, Palomar aboga por emplear los mejores recursos disponibles, sin crear barreras entre la agricultura orgánica o la convencional. Holanda, por ejemplo, ha demostrado que con un sistema basado en la ciencia y la tecnología más puntera se pueden lograr grandes niveles de producción con un impacto medioambiental limitado. Aquel país está entre los primeros exportadores de tomates o patatas gracias a su agricultura de precisión. Además, Palomar puntualiza que las técnicas de la agricultura orgánica no están exentas de riesgos dependiendo de cómo se apliquen. Permiten emplear sales de cobre como fungicida pese a su toxicidad o nitrógeno de origen natural a través del estiércol que también puede acabar contaminando un río o un acuífero.
Müller afirma que aunque este tipo de cambios solo se aplicasen de forma parcial tendrían beneficios y “ayudarían a lograr un futuro alimentario más sostenible”.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Descrito el mapa del genoma del cáncer de vejiga

Un estudio internacional descubre cinco nuevos subtipos que abren la puerta a profundizar en el tratamiento personalizado

Cultivo celular en un laboratorioAmpliar foto
Cultivo celular en un laboratorio ULY MARTIN
Hace tiempo que la comunidad científica sabe que la acumulación de mutaciones genéticas en células sanas puede convertirlas en cancerígenas. De hecho, sobre el hallazgo de esos genes implicados en el cáncer han pivotado buena parte de las investigaciones oncológicas de los últimos años. Y en esas sigue la comunidad médica, que aspira a relegar a un segundo plano el diagnóstico del cáncer a partir del órgano y dirigir terapias personalizadas según el perfil molecular de cada tumor. En esta línea, un grupo de científicos ha dado un paso más y ha descrito el mapa más actualizado del genoma del cáncer de vejiga. La investigación ha permitido encontrar cinco nuevos subtipos que abren la puerta a profundizar en el tratamiento personalizado.
Dentro del proyecto TCGA (Atlas del genoma del cáncer, en sus siglas en inglés), que se inició en 2005 para catalogar las mutaciones genéticas de distintos tipos de cáncer, 40 investigadores de todo el mundo han analizado y secuenciado el genoma de 412 muestras de tumores de vejiga para detectar las mutaciones genéticas que influyen en este cáncer. "Se trata de uno de los tumores donde se han secuenciado muestras de más pacientes", explica el doctor Joaquim Bellmunt, director del Instituto del Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM) de Barcelona y uno de los participantes en el estudio.
No es la primera vez que se secuencia el cáncer de vejiga, pero sí con tal envergadura de muestras analizadas. El anterior estudio, publicado en 2014, disponía solo de 131 piezas en estudio. Esta vez, seis plataformas de análisis molecular han estado tres años secuenciando las 412 muestras disponibles y han identificado 58 genes mutados hasta ahora desconocidos y otros 158 silenciados que podrían ser potenciales dianas terapéuticas. En esta investigación, publicada en la revista científica Cell, han participado más de 40 profesionales de varias disciplinas, desde bioinformáticos encargados de procesar y seleccionar la gran cantidad de datos que aportan las plataformas de secuenciación del ADN, hasta hepatólogos y urólogos oncólogos que interpretaron los hallazgos para darle una traducción en la práctica clínica.  

"Ahora se tiene una visión más amplia de las diferentes variedades y alteraciones genéticas del cáncer de vejiga urinaria", apunta Bellmunt. El cáncer de vejiga es el cuarto más habitual en hombres y el undécimo en mujeres. Según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), se diagnosticaron más de 20.000 casos en 2015, 400.000 en todo el mundo. La supervivencia estimada a cinco años es del 77,5%.
"Ahora se tiene una visión más amplias de las diferentes variedades y alteraciones genéticas del cáncer de vejiga urinaria", apunta Bellmunt.
Los resultados de la investigación han permitido estandarizar cinco subtipos de tumores de vejiga según su RNA que servirán para redirigir mejor las intervenciones terapéuticas. Cuatro de ellos ya se habían descrito previamente , pero los científicos encontraron un subtipo nuevo, el neuroendocrino, con un pronóstico bastante desfavorable e imposible de detectar por el hepatólogo a través del análisis al microscopio. "Esto nos permitirá dar una quimioterapia distinta, más adecuada para este caso", concreta el médico.
Bellmunt reconoce que las plataformas de secuenciación genómica de tumores no son dispositivos que están a disposición de todos los hospitales, aunque sí hay empresas que empiezan a desarrollar test genéticos. "Este estudio sienta las bases de la medicina personalizada a partir de la caracterización genómica del tumor", apunta. A partir de ahora, asegura, toda esa ingente cantidad de datos que han proporcionado las plataformas de secuenciación del genoma estarán a disposición de la comunidad científica para "sacar más conclusiones", aunque descarta que puedan aparecer, a corto plazo, más subtipos moleculares del tumor de vejiga. "Ahora hay que trabajar con lo que tenemos para buscar nuevas dianas terapéuticas", agrega.

La especie que quiere acabar con la evolución

Los avances científicos y tecnológicos han permitido que los humanos hayan escapado a los efectos de la selección natural

Un experimento del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana para controlar un ordenador con pensamientos
Un experimento del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana para controlar un ordenador con pensamientos GETTY IMAGES ERIK THAM
Hace unos años, el naturalista británico David Attenborough anunció en una entrevista el fin de la evolución humana. “Hemos detenido la selección natural desde el momento en que somos capaces de criar a entre el 95 y el 99% de los bebés que nacen”, dijo. En su lugar, planteaba, los humanos continuarán la evolución a partir de la cultura, heredando conocimiento de las generaciones previas para seguir incrementándolo.
La afirmación de Attenborough puede ser válida, pero solo en un entorno y una etapa muy particular de la evolución de los seres humanos. “Los occidentales no somos muy representativos de la especie, porque una gran parte de los habitantes del planeta sigue viviendo según patrones biológicos y sociales todavía anclados a reglas más tradicionales, sobreviviendo y reproduciéndose en función de sus capacidades biológicas”, apunta Emiliano Bruner, investigador del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos.
En 2007, Andrea Migliano, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), publicó los resultados de un estudio sobre dos grupos de pigmeos en Filipinas. Aquellos individuos, acuciados por la pobreza y sin acceso a los avances de salud que se dan por sentados en el mundo desarrollado, sufrían una elevada tasa de mortalidad que los seguía sujetando a las presiones de la evolución. Para combatir la falta de recursos y las muertes prematuras, sus cuerpos se desarrollan más rápido, se reproducen antes y son más pequeños.

La capacidad de digerir leche incrementó hasta un 19% el número de descendientes de los mutantes
Retrocediendo un poco más, pero no demasiado en el contexto de los 200.000 años que ya lleva nuestra especie sobre el planeta, se puede viajar a la península ibérica de hace 3.800 años. Entonces ya había llegado la ganadería, pero como han mostrado análisis de ADN recogidos en el yacimiento del Portalón, en Atapuerca (Burgos), los habitantes de aquella región aún no podían beber leche. En mamíferos como los humanos, solo las crías dependientes de la madre tienen la capacidad para digerir ese alimento. Después, para asegurarse de que los mayores no se quedasen enganchados al pecho de la madre, la evolución favoreció el apagón del gen que produce la lactasa, la enzima intestinal que permite digerir la lactosa, el principal nutriente de la leche. A partir de ese momento, beber leche suponía casi siempre dolor de estómago o incluso una peligrosa diarrea.
Ahora, el 40% de los habitantes de la península pueden tomar leche. Ese cambio evolutivo reciente pudo deberse a alguna hambruna, que obligó a aquellos humanos a arriesgarse con la leche. Algunas estimaciones sugieren que esa mutación fue tremendamente beneficiosa para superar situaciones extremas, incrementando hasta en un 19% el número de descendientes de los mutantes capaces de aprovechar la leche de los animales con los que convivían.
Pese a las nuevas circunstancias de los habitantes del mundo desarrollado, cambios como los de los pigmeos o la adaptación al consumo de leche muestran que la evolución sigue actuando sobre los humanos a poco que vengan mal dadas. Sin embargo, la principal capacidad humana para adaptarse a su entorno es la cultura y la tecnología. Los humanos que conquistaron las regiones cercanas al Ártico lo lograron siendo iguales anatómicamente que los que salieron de África para conquistar el mundo hace 70.000 años.
“Somos la única especie que ha extendido sus capacidades cognitivas mucho más allá de sus neuronas, delegando nuevas y viejas funciones a elementos externos que llamamos tecnología. Así que esto por sí mismo es suficiente para cambiar radicalmente el concepto de adaptación. Se introducen nuevas reglas, donde biología y cultura se influyen la una a la otra, según mecanismos que desconocemos totalmente”, explica Bruner. “Si seguimos teniendo una población tan grande y dispersa como la de ahora, una evolución genética es improbable, y es más fácil que los cambios evolutivos atañan más bien a la relación con la tecnología”, añade.
Los humanos surgidos en África conquistaron el mundo sin necesidad de cambios anatómicos importantes
Marc Furió, investigador del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), apunta que, aunque no se ve un cambio notable en la morfología de los humanos desde hace 200.000 años, “a medida que ha pasado el tiempo hemos evolucionado mucho culturalmente y finalmente eso ha tenido un efecto en nuestra biología; el promedio de esperanza de vida no es el mismo ahora que hace 300 años o incluso hace 20”.
El órgano que permitió los cambios culturales y tecnológicos que han transformado el significado de una vida humana fue el cerebro. Como recordaba Furió, el Homo sapiens no ha cambiado prácticamente su apariencia externa desde hace 200.000 años, pero se sabe que hace unos 70.000 aparecieron cambios que convirtieron a aquellos primates africanos en un ser diferente. La tecnología lítica, el arte rupestre o la capacidad para desplazar a especies humanas previas de los lugares que invadían sugieren que contaban con una mente mucho más poderosa. Qué desencadenó ese cambio es aún un misterio.
La exposición a las nuevas tecnologías ya está afectando a nuestra capacidad de atención o nuestra forma de orientarnos en el espacio, pero como recuerda Facundo Manes, neurocientífico y rector de la Universidad Favaloro de Buenos Aires: “Debemos tener en cuenta que nuestro cerebro es producto de miles de años de evolución y aunque las nuevas tecnologías nos influyen no van a generar, por ejemplo, otro lóbulo cerebral”. Al menos a medio plazo. De momento, ya se sabe que la demanda de atención que requieren las nuevas tecnologías deteriora nuestra atención y, cuando el uso es excesivo, genera estrés. Pero, pese a que muchas personas tienen una consideración apocalíptica de estas innovaciones porque debilitan la memoria, Manes ofrece una visión más positiva. “La memoria humana no es un reservorio de datos. Una de sus funciones principales es relacionar esos datos que podemos haber obtenido de la computadora, en un libro o de lo que nos haya dicho un amigo”, comenta.
Los humanos ya no están tan expuestos a la selección natural, pero es una anomalía en la historia de la especie
Como en otras ocasiones, el cerebro está adaptando a nuevos usoscapacidades favorecidas por la evolución para realizar tareas antiguas. Los humanos no necesitaron ningún cambio genético para comenzar a leer, les sirvió con reutilizar la habilidad desarrollada para reconocer rostros, muy útil para la supervivencia de un animal tan social. De momento, las nuevas tecnologías están reciclando capacidades surgidas hace decenas de miles de años para captar nuestra atención y el cerebro está reorganizando sus habilidades para aprovechar las opciones que ofrece el nuevo entorno.
Otra dirección que puede cambiar el futuro de la humanidad sin necesidad de transformar la biología es la mejora cerebral a través de la tecnología. “Un avance que parece inspirado en la literatura de ciencia ficción lo representan las experiencias que tratan de lograr la comunicación de cerebro a cerebro, es decir, que se intercambien pensamientos en forma directa y no mediada”, apunta Manes. “Investigadores de la Universidad de Duke lograron transmitir mensajes simples entre dos roedores ubicados en diferentes continentes y fueron pioneros en demostrar la comunicación de cerebro a cerebro”, continúa. “En un experimento reciente, con el uso de electroencefalografía para decodificar la señal neural y de estimulación magnética transcraneana para inducir el disparo neuronal, dos seres humanos han logrado transmitir pensamientos entre sus cerebros. Se intenta conocer lo que una persona piensa a través de un electroencefalograma para luego, al utilizar esos datos, producir un patrón específico de actividad neuronal en otro individuo a través de corriente eléctrica o campos magnéticos”, explica.
Para combatir la falta de recursos y las muertes prematuras, los cuerpos de los pigmeos se desarrollan más rápido y son más pequeños
Por el momento, la respuesta de biología humana a los cambios del entorno parece que será sobre todo cuestión de reciclaje. Los procesos de selección más estrictos, los que dieron lugar a muchos rasgos de los humanos modernos, se han ido suavizando. “El momento actual, desde el punto de vista de la presión evolutiva, es un momento de tregua”, señala Furió. “Eso ha hecho que se alargue nuestra esperanza de vida, pero se trata de una situación circunstancial”, añade. “Para conseguir los avances de la sociedad actual hemos utilizado muchos recursos naturales y en algún momento esos recursos faltarán y habrá cambios”, continúa. “En mi opinión, lo más probable a largo plazo, teniendo en cuenta el ritmo al que se están produciendo los cambios, es que el ser humano se extinga”. “Pero si salvásemos los escollos que nos encontraremos y sobreviviese parte de la humanidad, puede que experimentase algunos cambios en la línea de la mejora de la eficiencia energética a nivel biológico”, concluye.
Es posible que la situación en la que más del 90% de las crías humanas sobreviven sea una anomalía histórica con fecha de caducidad, pero los seres humanos son bichos peculiares. Incluso después de ver el éxito expansivo de los Homo erectus, que desde África colonizaron Asia e incluso Indonesia, o la tecnología y el incipiente pensamiento simbólico de los neandertales, hace 200.000 años nadie habría previsto que aquella especie de simios que sobrevivía a duras penas en la sabana africana podría algún día viajar a la Luna, trasplantar un corazón o poner en peligro el equilibrio climático del planeta. Los cambios radicales en el entorno son el generador fundamental de nuevas especies, pero los sapiens han demostrado que son la única capaz de cambiar del todo siguiendo siendo lo mismo.