domingo, 21 de agosto de 2016

Un análisis genómico de muestras de todo el mundo revela la inmensa superioridad de los virus en el planeta

Virus fagos en la membrana de una bacteria 'E. coli'.
La biología era fácil hasta 1892. Solo tenía que bregar con animales, plantas, hongos, protozoos y bacterias. Qué tiempos aquellos. Fue justo en 1892 cuando el ruso Dimitri Ivanovski, y poco después el holandés Martinus Beijerinck, descubrieron a los verdaderos dueños de la Tierra. Eran entidades biológicas, puesto que transmitían la enfermedad del mosaico a las plantas de tabaco, pero eran tan pequeñas que traspasaban un filtro de porcelana muy tupido que no dejaba pasar ni a una sola bacteria por sus poros. Beijerinck los llamó contagium vivum fluidum, pero pronto se los conoció como virus. Mal podían imaginar aquellos pioneros que lo que habían descubierto representaba la inmensa mayoría de la biología de nuestro planeta, como puedes leer en Materia.
Los virus más comunes no son los que nos causan enfermedades como la gripe, el ébola o el zika, sino los que se ganan la vida infectando a las bacterias, que se descubrieron en 1915, y a los que solemos llamar fagos (abreviatura de bacteriófago, “que come bacterias”, literalmente). Los fagos son artífices de buena parte de la evolución en la Tierra, porque son verdaderos expertos en manipular el genoma bacteriano, transfiriendo entre una bacteria y otra, a menudo de especies distintas, los genes, grupos de genes y trozos de genes que les pueden garantizar su estilo de vida en el futuro: en biología, el truco para medrar a largo plazo es ser amable con tu huésped, permitiéndole sobrevivir e incluso teniendo algo que aportarle: un gen o dos que mejoren sus opciones ante un cambio del ambiente, por ejemplo, o la llegada de un nuevo depredador.

Piensa por ejemplo que nuestro sistema inmune, el complejísimo aparato genético que nos protege continuamente de morir de infecciones o cáncer, es una creación de un virus (de un transposón, técnicamente, pero eso no es más que una versión de un virus adaptada a la vida intracelular). A ello debe todas sus habilidades –bien asombrosas— de cortar los genes por ciertos lados, recombinarlos, mutarlos y volverlos a pegar de otra forma hasta producir una variedad infinita de anticuerpos. También el rompedor sistema CRISPR de edición genómica que está revolucionando la biología proviene de aquellas altas facultades de los virus.

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